CAMALEÓN
De la muerte y el alma.
El hombre reverencia a sus
muertos, y en sociedades como la mexicana destina fechas especiales para
rememorarlos, honrarlos y hasta festejarlos de manera colectiva; el significado
de los altares va más allá de una costumbre anual fijada en determinadas fechas,
implica el sentimiento de un fugaz regreso de quien se fue, es la íntima y
colectiva percepción del eterno retorno, un dejar “la mansión del peregrino”
para nuevo retorno. Pero, en resumen ¿cuál será el origen de la tradicional
festividad conocida como de los fieles difuntos, o de todos los santos? La
respuesta se encuentra en los registros de nuestra cultura, en un mundo
globalizado se impone el mestizaje cultural y esta tradición se inserta en la
Colonia traída de Europa, y ha empezado a rivalizar con el Halloween también de
allende nuestras fronteras, pero al final dará paso a un sincretismo en el que
se fundirán la tradición nativa con lo llegado de fuera, “la costumbre es reina
de todo”, dijo Píndaro en su tiempo.
En el fondo del festejo colectivo
a los “muertos” subyace la actitud del hombre respecto de la muerte, su eterna,
temida y respetada compañera, no bien entendida debido a la confusa variedad de
enseñanzas y orientaciones religiosas y filosóficas cuya influencia infunde
miedo irracional. Este tema se aborda en culturas ancestrales que enseñan las
diferentes actitudes que el hombre de su tiempo adoptó ante la muerte, de
alegría unas, de tristeza otras, según el enfoque que colectivamente se le atribuyera.
Para una cultura el nacimiento constituye signos de tristeza porque se arriba a
un mundo de difíciles experiencias, para otra, como la nuestra, la muerte
produce esos síntomas a causa de la ausencia del ser querido, aunque en
aquellas es de alegría porque se reintegra el alma a una dimensión en donde
disfrutará la experiencia adquirida.
La costumbre impera cuando hace
cultura, el Día de Muertos en gran parte del territorio nacional los panteones
lucen atestados, plenos de cempasúchil, aunque ya pocas lágrimas porque el
recuerdo y el tiempo son bálsamo que diluye o atenúa el sufrimiento. No solo
los “camposantos” lucieron pletóricos de gente, también iglesias en donde se
guardan las cenizas de quienes son cremados, una modalidad que progresivamente
va ganando adeptos. Y no es “nueva”, por cierto, así lo narra Heródoto un siglo
antes de nuestra era: Darío “llamó a los griegos que estaban con él y les
preguntó cuánto querían por comerse los cadáveres de sus padres, respondiéndole
que por ningún precio lo harían. Llamó después Darío a unos indios llamados
Calacias y les preguntó cuánto querían por quemar los cadáveres de sus padres y
ellos les suplicaron que no dijera tal blasfemia”. Lo disímbolo de las
creencias demuestra el peso de una cultura y confirma el aserto de Píndaro,
porque mientras los griegos quemaban a sus muertos, los Calacias se los comían.
En contraste, ni los Persas ni
los egipcios acostumbraban quemar cadáveres, pues los primeros tenían al Fuego
como un Dios, ¿cómo ofrecerle un cadáver? Y los egipcios embalsamaban a sus
muertos para impedir se los comieran los gusanos. (También enseña que la cópula
con cadáveres es de tiempos remotos, porque el cadáver de mujeres principales era
entregado a los embalsamadores tres o cuatro días después, “para que no se unan
con ellas”).
La muerte es referencia humana; escribe
Heródoto: para los antiguos egipcios “el alma del hombre es inmortal, al morir
el cuerpo entra siempre en otro animal que entonces nace; después que ha
recorrido todos los animales terrestres, marinos y volátiles, torna a entrar en
un cuerpo humano que está por nacer y cumple ese ciclo en tres mil años…”. No
perdían la familiaridad con la muerte, pues en los convites de gente rica
acostumbraban tener labrado en madera la imitación de un cadáver para retozar
en su torno y exclamar: “mírale, bebe y huelga, que así serás cuando mueras”.
Ese pasaje egipcio trascendió
los tiempos y lo encontramos en los romanos cuando al poderoso acompañaba quien
le hablaba al oído para recordarle su condición de simple mortal, e impedir la
soberbia que da el poder; pero el hombre es hombre y su débil condición lo
convierte en víctima propicia de las pasiones.
Está científicamente comprobado
que la materia no muere, solo se transforma, entonces ¿dónde está el alma,
adónde va cuando cambia de domicilio?
Quizá Séneca nos oriente mejor:
“El alma no forma parte de esta masa terrestre que se llama cuerpo; es una
emanación de la substancia celestial, y las cosas celestiales, por su
naturaleza, están en movimiento continuo… El cuerpo, prisión del alma, se mueve
en todos sentidos en continua agitación, él es quien padece las torturas, sobre
él se ejercen los suplicios, las persecuciones, las enfermedades. Pero el alma
es sagrada, el alma es eterna, el alma es intangible: no alcanza a ella ningún
brazo”.
4- noviembre-2017.
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