El Maestre Habla.
MISTICOS Y HUMANISTAS
Joel Hurtado Ramón.
Es preciso mencionar aún a ese poeta
visionario: Rilke.
Nacido en Praga, la noche del 5 de diciembre
de 1875. Hay pocos ejemplos de una educación tan mal dirigida como aquella que
recibió en el hogar familiar el joven Rainer María. Siempre llevó en sí el
pesar de una infancia desgraciada y es eso lo que hace comprender en esa
especie de confesión que ha llamado Los cuadernos de Maite Laurids Brigge donde transpuso la historia de su
infancia a un marco puramente imaginario.
Situada en el entrecruzamiento de dos
civilizaciones, la eslava y la germánica, en el punto donde se encuentran Europa oriental y
occidental, la capital de Bohemia le ofrece la imagen de su propio desorden, de
su propia juventud orientada a destinos divergentes. Es por ello que, desde muy
temprano, se alejó de ella para comenzar su búsqueda de eterno nómada, su
existencia de hijo Pródigo -como él mismo se llamaba- pero que, en su caso, no
regresó jamás al hogar familiar.
Alemania, Rusia, Francia, Italia,
Escandinavia, Dalmacia, Argelia, Túnez, Egipto, en todas partes la radiación
fluídica que se desprendía de su personalidad fue entrevista como una
individualidad apenas posada sobre la tierra, siempre dispuesta a remontar su
curso de cometa vagabundo:
Ya que este es mi sueño: vivir sobre la ola,
y no tener ningún lazo con el siglo que transcurre;
Y este es mi deseo: diálogos susurrados
que cambia la hora que huye, por la Eternidad.
Es de su viaje a Rusia que Rilke trae la
inspiración de su primera obra verdaderamente original y que habría de fundar
su reputación europea: El Libro de las Horas, anunciador de una nueva religión.
¿Puede hablarse de “religión” en el sentido habitual de la palabra? A decir
verdad este pequeño misal, en cuyo frontón
se dibuja la imagen de un piadoso monje ruso, inclinado sobre su pupitre en el
acto de iluminar un texto bíblico, este evangelio pleno de miniaturas delicadas
que desfilan bajo nuestros ojos, no nos trae la revelación de ningún “credo”
positivo. Como dice Spenlé (en Rilke, “El nuevo Orfeo”), es la ensoñación del
no creyente en busca de un Dios nuevo pero de un Dios que se volatiliza cuando
el poeta intenta conservar la imagen o la estatua. Dios, nos dice Rilke, es “el
Árbol” y también “la Raíz”.
Tiene por títulos: “el Extranjero venido no se sabe de dónde”, “el
Huésped de paso que se aposenta en el hogar y vuelve a partir hacia lo
desconocido”, “el Vecino que toca la puerta”, “el viejo testarudo, manchado de
cera que se recalienta cerca de la estufa”, “la Humareda que sube de la choza”,
“el pajarito caído fuera del nido”, “el Leproso que ronda a las puertas de la
ciudad”, etc., etc.
En suma, para Rilke como para Nietzsche, “Dios ha muerto”, pero se
trata de crearlo de nuevo, o más bien, se encuentra en eterno devenir y se
manifiesta por una incesante metamorfosis. “Tú eres el Tesoro escondido en la
noche que nuestras manos desentierran, ya que toda la magnificencia contemplada
por nuestros ojos, no es más que indigencia y lamentable contrahechura frente a
la Belleza que duerme en ti todavía increada”.
En el Libro de las Horas, tres motivos orientan sucesivamente la
búsqueda del Dios desconocido. En primer lugar, aquello que Rilke llama “el
evangelio de las Cosas”, en seguida “la loa de la Pobreza” y finalmente “la loa
de la Muerte” presentada como suprema manifestación de la “Metamorfosis
Universal”. Es esa última loa la que debe retener particularmente la atención,
ya que toca la experiencia más central y más paradójicamente original de Rilke.
Se ha dicho que Rilke es el gran poeta de la Muerte. Tenía el
sentimiento de llevarla en él desde su nacimiento y era el objeto de su
meditación más constante, a la vez su angustia y su alegría. Por otra parte, no
se sabe si su constante vida errante era con la expectativa de huir de la
muerte que temía o, al contrario, la secreta esperanza de encontrarla tal como
la deseaba y amaba.
Dios mío, permite a cada uno morir de su propia muerte,
Y haz que ella venga a él desde lo profundo de su vida,
Donde él haya puesto su corazón y su deseo secreto
Ya que no somos más que la corteza y la hoja
Pero, ella, la gran Muerte, vive en nuestro centro
Y madura, tal como el Fruto, donde todo debe finalizar.
Durante el curso de un viaje a Suiza,
adquirió -gracias a la generosidad de uno de sus amigos- una extraña morada,
según se decía, poblada de fantasmas, que se convirtió en el supremo refugio
del eterno vagabundo. En este castillo de Muzot terminó Rilke las Elegías comenzadas en Duino, diez años antes.
Es ahí también donde fueron compuestos en algunos días los famosos Sonetos a
Orfeo, su intangible e insuperable testamento poético. “Todo ha pasado como
una borrasca indescriptible, le escribía a la princesa de Thurn-et-Taxis, en
una verdadera tempestad del espíritu. Todas las fibras de mi ser estaban
tensas, casi a reventar. Yo no sé qué poder de arriba me tuvo en suspenso. Una
sola cosa importaba: que
aquello fuera. Y aquello es.
Así sea!”